miércoles, 2 de agosto de 2017

Oculto sendero



Otro de los libros que me han calado, de los que llevo leídos este verano, ha sido Oculto sendero de Elena Fortún. Parece ser que es autobiográfico, pero hay que ser una gran escritora para escribir cómo vives lo que vives, qué te sucede, qué anhelas... Y absolutamente siempre que lees un gran libro terminas dentro de él, en algún aspecto te reconoces ahí agazapada desde siempre y eso te hace sentir más confortada, menos sola.

Hace un par de meses asistí al acto de entrega de la Pluma de Plata a Mili Hernández, que representa a la librería Berkana, un icono afincado en Chueca por los derechos LGTBI. Mili Hernández nos contó su extrañeza desde bien pequeña al mirar un mundo en el que no se reconocía. Extrañeza, tristeza, desamparo, aislamiento. Entonces viajó a Londres -eran los años 60/70- entró a la librería Oscar Wilde- y comenzó un proceso de descubrimiento de quién era a través de los libros allí expuestos. Lo que me pasaba a mí les pasaba a otras personas, en este presente y en un pasado, nos decía. De allí fue a Nueva York y el sentido de pertenencia fue aun mayor. Nos transmitió su emoción a la vez que un reproche a la sociedad mojigata que habitamos: ¿dónde está nuestra memoria, dónde el sufrimiento, la cárcel, las palizas de tantas personas diferentes, dónde los silencios, el desprecio contenido en el mejor de los casos? Pensamos en la Memoria Histórica, tenemos una Ley de Memoria, pero sigue faltando "nuestra" Memoria. Cómo me emocionó Mili Hernández, cuánta verdad en sus palabras y cuánta insolencia había en gran parte de mi vida por mi no mirada sobre mis congéneres. Regresó a Epaña y junto a su compañera montaron Berkana. Una gran apuesta con la que ganamos todas.
Y a eso iba con Oculto Sendero. La protagonista no se identifica con la niña que es, o con lo que socialmente se espera de lo que debe ser una niña. Rechaza las puntillas, los vestidos emperifollados, los juegos de chicas, pero no sabe porqué. No tiene referentes, no tiene más que una tristeza inmensa, una madre represora y el apoyo de los libros. Llega a casarse incluso, pero el rechazo al sexo y a una vida programada en la que no cabe la expresión de un anhelo que trasciende su día a día, porque las mujeres no son ni deben ser nada, la hace infeliz. Una infelicidad sorda, resignada, doliente. Quiere ser como todo el mundo, pero no lo es. El nivel de opresión que sientes como lectora activa es insoportable a veces.
Hasta que un día alguien la pone frente al espejo de sí misma a través de las otras. Ni lo había imaginado, ni lo había concebido. Era un sendero oculto al que no había manera de llegar si no era a través de iniciadas.Y se adentra en él.
Y cierras el libro con el regocijo de que, aunque tarde, existen múltiples senderos por los que transitar. Existen, sólo hay que estar atentas y saber mirar.